A RATOS
A ratos logro dormitar retazos de sueño
como quien deja correr
las cuentas de un interminable rosario
entre sus dedos.
Sin embargo,
pareciera despertar
—cada vez—
en el mismo lugar del camino…
En la monotonía llanera
el horizonte es una misma línea
que te circunda los sentidos.
Y cada vez, también,
está ella allí como asechante
—sí—
amenazando colarse dentro de mí
con la suavidad de la inocencia.
Diminuta saeta
que se enfrasca en la perenne costumbre
de marcarle la cara al espejo.
Concha escarapelada
que nos aposenta,
mientras la bruma se despeja
al paso inocente del viajero.
Superficie lisa y brillante
en la que se deslizan los deseos
de una maraña de manos,
a las que brinda el frescor de su humedad.
Padre ancho y extraño,
mar de mares internos
que nos enmudece a la sola presencia de su nombre…
terrible guardián de tepuyes,
cuna de babas y caimanes,
dando gritos desesperados a la inconciencia
para que lo dejen vivir.
Las sombras pasan por todos lados,
algo nerviosas y curiosas,
o tal vez con sabor a miedo…
Y nos llegan a rodear
como espectros de un ayer milenario
que hoy es una renuncia al ser,
como almas que penan en vida
el solo pecado de ser, sólo ser…
Murmullos que no entendemos…
lamentos en e’ñepá que duelen en español,
manos infantes obligadas a mendigar,
ojos que lloran sin lágrimas
porque lloran la arrechera del indio.
Padrenuestros de peonías,
que las manos maltratadas por la desidia
casi olvidan.
Avemarías de imposiciones,
de obligados regaños,
de “aguanta callado que mañana será”.
Dios nos salve la culpabilidad
por los que los explotaron y explotan…
por los que nunca se preocuparon…
por los que siempre supieron y callaron
cómplice y cobardemente.
¿Una limosna al indio por el amor a Dios?
No…
Una mano hermana para el hombre,
criatura de Dios,
que será liberado
en el ejercicio de la hermandad humana,
como con su ejemplo nos mostró Jesús…
Cincuenta cansancios se atropellan,
se mezclan y reparten,
en busca del rincón propicio al sueño.
Sin embargo,
una fuerza incontrolable me hala
y me conduce al silencio,
a la oscuridad de la noche…
Es el canto de los millones de sirenas celestiales
que susurran su melancolía,
con destellos intermitentes
que acarician las pupilas extasiadas.
Oscura bóveda que se llena de mariposas
que aletean sus sueños
sólo para deleitarnos la noche,
con su brillo de estrellas
que navegan en nuestras aventuras.
Las alas de la ternura
revolotearon mi animalesca presencia,
para derramar sobre mí
el símbolo de un nuevo acontecer.
Manos dulces y sencillas
brotadas de la hermosura misma,
que al bautizarme en orinoquías
comienzan a robarse mis sentidos
penetrando sigilosamente en mi corazón
para imprimir perennemente en él
todo el candor de su brillo.
R A T Ó N 3
La tarde se filtra en el ambiente
mientras dos bongos
dibujan añoranzas sempiternas
en el vientre del río.
En uno voy, a la cabeza,
como embistiendo imaginarias barreras acuosas,
como arañando paisajes en el espejo
por el cual navegamos.
Mientras tanto,
una estrella que se le adelantó a la noche
viene a mi lado,
canturreando alegrías a mi oído,
susurrando ternuras sin decirlas,
porque con sólo estar allí
se roba mi corazón en mil remansos…

